A mitad de camino






Este lugar pretende ser "una bocanada de aire fresco" para todo aquel que se acerque y participe. Un lugar de encuentro, donde se carguen las pilas con energía positiva.

Donde nos ayude a ver las cosas de otra manera, y por ende, nos haga disfrutar de la vida, nuestro mayor don.
Un sitio que te permita contactar con la naturaleza.

Trabajar los pensamientos, mejorar las emociones, disfrutar de sensaciones.... para conseguir ser feliz.

Ser positivo siempre pretende pues, dar "esa mano amiga" que en alguna ocasión todos necesitamos.







jueves, 25 de marzo de 2010

EL FUNERAL DEL NO PUEDO



La clase de cuarto grado de Donna se parecía a muchas que había visto en el pasado. Los alumnos estaban sentados en cinco hileras de seis bancos. El escritorio de la maestra estaba en el frente de cara a los estudiantes. En la mayoría de los aspectos, parecía un aula tradicional de escuela primaria. Sin embargo, el mismo día en que entré por primera vez, algo me pareció distinto. Parecía haber una corriente subterránea de excitación. Donna era una maestra veterana que se había ofrecido como voluntaria en un proyecto de desarrollo personal que yo había organizado y dirigido en todo el condado. La capacitación se centraba en ideas relacionadas con el lenguaje y el arte que pudiera hace sentir bien consigo mismos a los estudiantes y a hacerse cargo de sus vidas. La tarea de Donna consistía en asistir a las sesiones de capacitación y poner en práctica los conceptos que se presentaban. Mi tarea consistía en hacer visitas a las clases y alentar la puesta en práctica. Me senté en un banco vacío al fondo de la clase y observé.

Todos los alumnos estaban trabajando en una tarea que consistía en llenar una hoja de cuaderno con pensamientos e ideas. La alumna de diez años que estaba más cerca de mí estaba llenando su página con "No puedo". "No puedo patear la pelota de fútbol más allá de la segunda línea." "No puedo hacer una división larga con más de tres números." "No puedo hacer que Debbie me quiera." Había llenado media página y no mostraba signos de parar. Trabajaba con determinación y persistencia. Caminé junto a los bancos mirando las hojas de los chicos. Todos escribían oraciones describiendo cosas que no podían hacer. "No puedo hacer diez abdominales." "No puedo pasar la defensa del campo izquierdo." "No puedo comer solamente una galletita."

La actividad atrajo mi curiosidad, de modo que decidí hablar con la maestra para ver qué pasaba. Al acercarme, noté que ella también estaba ocupada escribiendo. Me pareció mejor no interrumpirla. "No puedo conseguir que la madre de John venga a la reunión de maestros." "No puedo conseguir que mi hija le cargue nafta al auto." "No puedo lograr que Alan use palabras en vez de sus puños." Derrotado en mis esfuerzos por determinar por qué alumnos y maestra se demoraban en lo negativo en lugar de escribir las afirmaciones "Puedo", más positivas, volví a mi asiento y continué mis observaciones.

Los alumnos escribieron durante otros diez minutos. La mayoría de ellos llenaron su página. Algunos empezaron otra.
"Terminen la que están haciendo y no empiecen otra", fue la instrucción de Donna para indicar el final de la actividad. Los estudiantes recibieron luego la indicación de doblar sus hojas por la mitad y llevarlas al frente. Al llegar al escritorio de la maestra, colocaban sus declaraciones de "No puedo" en una caja de zapatos vacía. Una vez recogidas las hojas de todos los alumnos, Donna agregó la suya. Tapó la caja y se la puso bajo el brazo, se encaminó hacia la puerta y salieron todos al parque cercano.

Donna tomó una pala, y empezó a cavar.
¡Iban a enterrar sus "No puedo"! La excavación llevó más de diez minutos porque la mayoría de los chicos quería colaborar. Cuando el pozo alcanzó más o menos noventa centímetros de profundidad, dejaron de cavar. Acomodaron la caja de los No puedo" en el fondo del pozo y la cubrieron rápidamente con tierra. Alrededor de la tumba recién cavada, había treinta chicos de diez y once años. Cada uno tenía por lo menos una página llena de "No puedo" en la caja de zapatos, a un metro de profundidad. La maestra también. En ese momento, Donna anunció: "Chicos, por favor junten las manos y bajen la cabeza". Los alumnos obedecieron. En seguida, formaron un círculo en torno de la tumba y formaron una ronda tomados de las manos. Bajaron la cabeza y esperaron. Donna dijo su oración.

"Amigos, estamos aquí reunidos para honrar la memoria de "No puedo". Mientras estuvo con nosotros en la tierra, afectó en la vida de todos, de algunos más que de otros. Desgraciadamente su nombre ha sido pronunciado en todos los edificios públicos, escuelas, institutos, academias, etc. Acabamos de darle una morada definitiva al "No puedo" y una lápida contiene su epitafio. Lo sobreviven sus hermanos, "Puedo", "Quiero" y "Lo haré ya mismo". No son tan conocidos como su famoso pariente e indudablemente todavía no resultan tan fuertes y poderosos. Tal vez algún día, con su ayuda, tengan una incidencia mayor en el mundo. Roguemos que "No puedo" descanse en paz y que, en su ausencia, todos los presentes puedan hacerse cargo de sus vidas y avanzar. Amén."

Al oír la oración, me di cuenta de que esos alumnos nunca olvidarían ese día. La actividad era simbólica, una metáfora de la vida. Era una experiencia del lado derecho del cerebro que quedaría adherida a la mente inconsciente y consciente para siempre. Escribir los "No puedo", enterrarlos y escuchar la oración. Era un esfuerzo muy grande por parte de esta maestra. Y todavía no había terminado. Luego, llevó a los alumnos nuevamente a la clase e hicieron un festejo. Celebraron la muerte de "No puedo" con pasteles, golosinas y jugo de frutas. Como parte de la celebración, Donna cortó una gran lámina en papel y escribió las palabras "No puedo" arriba y en el medio RIP. Abajo agregó la fecha. La lápida de papel quedó en el aula de Donna durante el resto del año. En las escasas ocasiones en que un alumno se olvidaba y decía: "No puedo", Donna simplemente señalaba el cartel. El alumno recordaba entonces que "No puedo" estaba muerto y optaba por reformular su afirmación. Yo no era alumno de Donna. Ella sí era alumna mía. Sin embargo, ese día aprendí de ella una lección perdurable. Ahora, años más tarde, cada vez que oigo "No puedo", veo las imágenes de ese funeral de cuarto grado. Como los alumnos, me acuerdo de que "No puedo" murió.

(Desconozco el autor de este cuento. Llegó a mí hace ya 3 años a través de Alessa, desde América, y me sirvió para ayudarme a quitar una adicción.)


Dedicado a todos los que están intentando dejar de fumar, y en especial para Marta.


Jabo.

5 comentarios:

Alejandro dijo...

Recuerdo la primera vez que nos relataste este cuento, simple pero con un mensaje muy profundo que nos llego a todos, y nos sirvió de ejemplo muchas veces. Para guardarlo y recordarlo siempre, gracias amigo, un abrazo

Jabo dijo...

Me alegro mucho Alex de que haya personas que les puedan servir los cuentos para reflexionar, y si además podemos aprender algo, tanto mejor.
Un fuerte abrazo. Javier

ISA dijo...

Creo que cada uno de nosotros entierra su particular"no puedo" todos los dias no??,a veces dejamos de hacer algo por un simple no puedo ante la minima duda,cuando realmente es algo simple si ponemos un poco de nosotros y algo de paciencia,enhorabuena Javier,lo conseguiste.

Yamileth dijo...

Hola Javier!! no sabes cuanto me costo poder entrar parece que no me aceptaba la dirección, pero por fin me pude anotar, como te lo prometí. Ante todo felicitarte por esta iniciativa, para regalarnos posivitivismo para la vida. espero que mucha gente linda se siga sumando a la lista de seguidores. Tambien quiero agradecerte por la invitación, me siento muy honrada. Besos!

Jabo dijo...

Hola Isa: es bonito superar "los no puedo", verdad... gracias por ayudarme en alguno.
Hola Yamy: que bien que aparezcas por aca. Ojala te sirva para trabajar las emociones y ver las cosas de otra manera.